La cirrosis es una afección grave en la que el tejido hepático sano es reemplazado progresivamente por tejido cicatricial. Esta cicatrización altera la función normal del hígado, lo que afecta el flujo sanguíneo, el procesamiento de nutrientes, la regulación hormonal y el metabolismo de los medicamentos. Aunque a menudo son irreversibles, los síntomas se pueden controlar y el diagnóstico temprano es fundamental para frenar la progresión.
¿Qué sucede en la cirrosis?
La capacidad del hígado para funcionar disminuye a medida que se acumula tejido cicatricial. Los médicos clasifican las cicatrices en cuatro etapas (F1-F4), y la cirrosis representa la etapa F4: daño avanzado y generalizado. Si no se trata, esto provoca una descompensación del hígado, donde el órgano ya no puede realizar sus tareas esenciales. Muchas personas no se dan cuenta hasta que una exploración revela el daño, ya que las primeras etapas a menudo carecen de síntomas perceptibles.
Síntomas clave a tener en cuenta
A medida que avanza la cirrosis, los síntomas se vuelven evidentes. Estos incluyen:
- Fatiga y pérdida de apetito: Cansancio severo y reducción del deseo de comer.
- Cambios en la piel: Picazón intensa, coloración amarillenta de la piel y los ojos (ictericia), uñas pálidas.
- Acumulación de líquido: Hinchazón en piernas, tobillos, pies o abdomen (edema).
- Efectos neurológicos: Confusión, dificultad para hablar, lo que indica acumulación de toxinas en el cerebro.
- Color inusual de la orina: Orina de color marrón oscuro o naranja.
¿Qué causa la cirrosis?
Múltiples factores pueden provocar cirrosis:
- Hepatitis viral crónica (B, C, D): Particularmente la hepatitis C en los EE. UU., que causa inflamación y cicatrices. Aproximadamente el 25% de las personas con hepatitis C desarrollan cirrosis.
- Abuso de alcohol: El consumo excesivo de alcohol daña las células del hígado con el tiempo. La cantidad varía según la persona, pero es un factor importante de la enfermedad.
- Enfermedad hepática asociada a disfunción metabólica (MASH): Anteriormente conocida como enfermedad del hígado graso no alcohólico, ocurre cuando la grasa se acumula en el hígado, lo que provoca inflamación y cicatrización.
- Enfermedades de las vías biliares: Bloquean el flujo de bilis, provocando acumulación y daño al hígado.
- Trastornos genéticos: Condiciones como la enfermedad de Wilson o la hemocromatosis pueden aumentar el riesgo.
Diagnóstico: cómo los médicos detectan la cirrosis
El diagnóstico comienza con un examen médico, revisión del estilo de vida y análisis de sangre. Los niveles anormales de enzimas hepáticas sugieren disfunción. El “estándar de oro” sigue siendo una biopsia de hígado, aunque invasiva. Cada vez más, los métodos no invasivos como la elastografía de ondas de corte, la elasgrafía transitoria y la elasgrafía por resonancia magnética miden la rigidez del hígado para evaluar la gravedad de las cicatrices. También se pueden utilizar tomografías computarizadas, resonancias magnéticas y endoscopias para detectar complicaciones como agrandamiento de las venas del esófago.
Tratamiento y manejo
El tratamiento de la cirrosis se centra en detener la progresión y controlar los síntomas. Esto significa eliminar la causa subyacente (por ejemplo, tratar la hepatitis o abstenerse de consumir alcohol). Los medicamentos pueden abordar las complicaciones:
- Diuréticos: Reduce la acumulación de líquidos.
- Lactulosa: Elimina las toxinas del cerebro en la encefalopatía hepática.
- Antibióticos (Rifaximina): Previenen la acumulación recurrente de toxinas en el cerebro.
- Betabloqueantes: Disminuyen la presión arterial en la vena porta, reduciendo el riesgo de hemorragia.
- Secuestrantes de ácidos biliares: Alivia la picazón.
En casos graves, puede ser necesario un trasplante de hígado, pero la disponibilidad de órganos es limitada. Evite los suplementos “desintoxicantes” no probados, ya que algunos pueden dañar aún más el hígado.
Los cambios en el estilo de vida son importantes
La cirrosis es progresiva, pero los ajustes en el estilo de vida pueden retardar el daño:
- Dieta: Sigue un plan aprobado por un nutricionista.
- Abstinencia: Evite el alcohol por completo.
- Ejercicio: 150 minutos de actividad moderada más entrenamiento de fuerza semanalmente.
- Control de sodio: Limite la sal para reducir la retención de líquidos.
- Evitar los mariscos crudos: Riesgo de infección grave.
- Revisión de medicamentos: Hable con su médico sobre posibles medicamentos que dañan el hígado.
- Vacunas: Manténgase al día con las vacunas contra la hepatitis A/B.
La perspectiva
La esperanza de vida varía según la gravedad y la causa. El diagnóstico y el tratamiento tempranos pueden minimizar el impacto. Los médicos utilizan la puntuación del Modelo para la enfermedad hepática terminal (MELD) para predecir la mortalidad y priorizar a los candidatos a trasplante.
Pueden surgir complicaciones como hipertensión portal, desequilibrios hormonales, problemas digestivos, insuficiencia renal y cáncer de hígado.
En última instancia, la cirrosis es una enfermedad grave que exige un tratamiento proactivo. Desacelerar la progresión mediante tratamiento y cambios en el estilo de vida es la clave para mejorar la calidad de vida y la supervivencia.
